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El azabache siempre ha tenido consideración de material mágico y protector. Su escasez y su hermoso color negro, acentuado con una adecuada pulimentación, hicieron de él algo sumamente apreciado.

Monte Areo situado en el Concejo de Carreño.
Monte Areo.

La extracción y transformación del azabache es, en Asturias, muy temprana. La pieza más antigua localizada hasta ahora es una cuenta, probablemente de collar, recuperada en la cueva de Las Caldas, en Oviedo. Tiene unos 19.000 años.

En la necrópolis del monte Areo (Carreño) se ha localizado otra gran cuenta de azabache que debió formar parte del ajuar funerario de alguna de las personas allí enterradas hace 5.000 años.

De la Edad del Hierro y de la época romana también nos han llegado azabaches, lo que indica la estima en que fue tenido a lo largo de tanto tiempo.

Los árabes potenciaron su uso en la península, pero el gran desarrollo de la azabachería llegaría hacia el s. XIII, cuando se vincula este material con las peregrinaciones jacobeas.

Desde Santiago de Compostela, el gremio de los concheiros, que expendía a los peregrinos vieiras naturales y elaboradas en plomo, estaño y metales nobles decidió utilizar los azabaches de la vecina región de Asturias –en Galicia no hay depósitos-, cuestión que habría de reportarles buenos beneficios dado el aprecio en que era tenido el material.

Utilizado por las superioras de los conventos.
Collar de abadesa.

Fue así como los obradores asturianos, compostelanos y leoneses – éstos, asentados en el propio Camino francés y todos ellos utilizando material en bruto de Villaviciosa- iniciaron una producción de enormes proporciones que habría de durar hasta comienzos del s. XVII.

La elaboración de piezas relacionadas con el espíritu de la peregrinación –vieiras, imágenes del apóstol,...- daría lugar a lo que hoy conocemos como azabaches jacobeos, por lo general, comercializados en la ciudad del Apóstol por el potente gremio de los azabacheros, pero labrados en  Asturias, León y Santiago.


La variedad de azabaches fue muy amplia: además de las imágenes del Apóstol y las vieiras –piezas que los peregrinos llevaban como recuerdo del Camino a sus lugares de origen-, se produjeron collares, gargantillas, sortijas, medallas e higas de muy diversas  formas.

Amuleto contra el mal de ojo.
Higa de azabache.

Los conflictos políticos y las guerras de religión europeos hicieron que la afluencia de peregrinos hacia Compostela fuese disminuyendo paulatinamente desde comienzos del s. XVI. Esta circunstancia incidió directamente en la producción azabachera.

Los numerosos talleres asturianos dedicados a la labra del material fueron, por ello, abandonando los motivos jacobeos y centrándose en la elaboración de joyas populares –collares, pendientes-, higas y rosarios, además de medallas e imágenes de tipo religioso.

El mercado se orientó hacia las distintas regiones peninsulares y, especialmente, hacia América, desde donde los españoles allí asentados solicitaban todos estos productos.

Pronto los nativos de aquellas tierras asimilaron la costumbre del uso del azabache, especialmente de higas, collares y rosarios.

La producción asturiana fue, por ello, muy intensa y las exportaciones, que llevaban a cabo mayoristas azabacheros asentados en Gijón y Villaviciosa, continuadas a lo largo de más de dos siglos.

Algo similar ocurrió en León: la falta de demanda de azabaches jacobeos se sustituyó por una producción de tipo popular comercializada en Castilla.

Santiago Peregrino entre orantes
Santiago Peregrino.
En Santiago de Compostela, los pocos azabacheros allí asentados produjeron las piezas más hermosas de la historia de la azabachería: tallas religiosas y medallones, fundamentalmente, destinadas a la Iglesia o a personas de alto poder adquisitivo, sin olvidar una escasa pero muy interesante  producción de tipo popular, especialmente basada en las higas de gran tamaño.

La difusión de los azabaches asturianos fue rápida en el Nuevo Mundo. El uso de azabaches se generalizó desde los territorios españoles de Estados Unidos hasta el sur del continente, siendo la higa la pieza más aceptada. Su uso se mantiene muy activo hoy en los países caribeños y en Brasil, aunque la falta de verdadero azabache ha llevado a elaborar allí estos amuletos con otros materiales.

En el s. XIX la minería del azabache de Villaviciosa conoció un nuevo período de prosperidad, que llegaría hasta el primer cuarto del siglo XX.

La moda del uso de azabaches implantada en Inglaterra por la reina Victoria, por lucirlos como símbolo de luto a la muerte de su esposo, el príncipe Alberto, propició en aquel país una demanda enorme de piezas, elaboradas en los talleres de Whitby. La falta de materia  prima hizo necesario solicitarla a Villaviciosa, desde donde se exportó por centenares de miles de kilos a través de empresarios ingleses establecidos en Asturias.

Cuando decayó la moda en Inglaterra, hacia 1925, la producción minera atendió la demanda de los artesanos gallegos y asturianos. Los primeros, dedicados nuevamente a la fabricación de motivos jacobeos (tallas, vieiras, higas, …)por haberse reactivado el oficio en la ciudad del Apóstol y los locales, a la de amuletos, collares y rosarios, que conocerían un período de prosperidad entre 1955 y 1970 por enviar hacía América, nuevamente, elevadas cantidades de estas piezas.

La minería del azabache fue atendida en los últimos 70 años por Tomás Noval, jubilado ya hace varios. Hoy, los artesanos se surten de materiales recogidos en las viejas y abundantes escombreras repartidas por las parroquias que tuvieron tradición extractiva del azabache.

TEXTOS Y FOTOGRAFÍAS:
Valentín Monte Carreño

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